Hola Soledad
Por Yazmín Rodríguez
Cecilia despierta en una casa que respira en silencio, un eco de pasos que nunca regresan. Las sombras de la tarde la rodean, pero nadie la llama, nadie la espera.
En su pecho, un pajarito pequeño y sin cielo agita sus alas contra las costillas, buscando escapar sin encontrar un hueco por donde volar.
Se viste de domingo, floreada y quieta, como un jardín sin manos. Las flores en su jaula son un espejismo: hermosas pero inútiles, muertas.
Este proyecto es un reflejo de ella: una soledad que no eligió, una espera que no termina, un encierro sin barrotes visibles.
La ciudad la mira, pero no la ve. Un tren pasa, imparable, y sus rostros se disuelven en ríos sin nombre, sin puerto, sin ninguna respuesta.
Cecilia lleva la máscara de un pájaro que olvidó su canto. Un disfraz de alas invisibles para ocultar que olvidó cómo volar.
Sostiene una taza entre los dedos, como si el calor de la porcelana pudiera ser otro cuerpo, otra historia donde se siente menos sola.
Este proyecto nació del encuentro con Cecilia, pero también con las voces de aquellos que sienten que la soledad les invadió cada rincón de sus vidas.
«Hola, soledad», le dice al disco que gira sin nadie que escuche. Le dice a la puerta cerrada, a su reflejo en la ventana.
El mundo sigue su marcha, pero ella es un paréntesis, un parpadeo que nadie nota. La jaula se cierra un poco más. El silencio se posa en su hombro, como un pájaro manso.
Tal vez mañana se abra la puerta. Tal vez mañana haya cielo. Tal vez mañana, por fin, el vuelo. Pero hasta el más pequeño de los pájaros, aunque con las alas dormidas, lleva en sus ojos el reflejo del cielo que algún día tocará.
Este proyecto fotográfico, realizado con todo el corazón, da voz a quienes sienten que la soledad es su única compañía. Que estas imágenes sean un espejo, una invitación a mirar de nuevo, a abrir la puerta, a ofrecer la mano. A recordar que ningún vuelo se pierde mientras haya un cielo esperando.












