La hora bruja
Raquel Artacho
La hora bruja es un proyecto personal y conceptual en el que reflexiono, a través de la autoexploración y el autorretrato, sobre mi ruptura biográfica y los procesos emocionales y físicos vividos durante la menopausia.
Durante más de una década trabajé como fotógrafa en mi propio estudio, realizando principalmente reportajes sociales. Era un trabajo gratificante, pero también muy absorbente. Al final de cada jornada me resultaba difícil mantener viva la motivación creativa. Había dejado de realizar proyectos personales y, sin darme cuenta, también había dejado de observarme.
La pandemia me concedió un tiempo de pausa. En ese silencio retomé el contacto con la fotografía desde un lugar más íntimo. Participé en un curso con la fotógrafa Ana Becerra, quien me introdujo en el autorretrato como herramienta de autoconocimiento. Sin saberlo fue mi primer acercamiento a la fotografía terapéutica y desencadenó una profunda transformación personal.
El impacto llegó cuando pedí a familiares y amigos que me definieran con tres palabras. Sus respuestas hablaban de una persona que ya no reconocía. No se trataba solo del paso del tiempo, sino de una desconexión más profunda: me había perdido de vista.
Siempre había permanecido detrás de la cámara. Colocarme frente a ella fue un desafío. Comencé retratando aquello que me hacía feliz, pero pronto comprendí que el verdadero proceso consistía en mirarme sin filtros.
El autorretrato es, sin duda, uno de los ejercicios terapéuticos más potentes que existen por su capacidad para explorar, no sólo la identidad, sino también la propia historia de vida y la identificación de las diferentes máscaras que adoptamos dentro de la sociedad. Si nos remitimos a su etimología, se entiende claramente el porqué. Retrato viene de la palabra latina retractus, participio del verbo retrahere que significa convertir algo en otra cosa, sacándolo de nuevo a la luz, haciéndolo revivir. Y eso es precisamente lo que hizo conmigo. Me mostró que la vida que estaba llevando ya no me identificaba y me dio fuerza para tomar la decisión de cambiarla.
Me separé, cerré el estudio y empecé a dar clase de fotografía en la Escuela Superior de Diseño de Orihuela. Como está bastante lejos de Valencia tuve que alquilarme un piso para pasar allí de lunes a viernes. Era la primera vez que vivía sola. El piso era muy oscuro pero, curiosamente, se iluminaba de noche al amparo de las luces de las farolas de la calle. Esa luz que entraba por las ventanas me tenía fascinada. Cogí la cámara y empecé a hacer fotografías sin ninguna intención más que la de registrar los momentos y las sensaciones que ésta me producía. El mero hecho de montar la cámara en el trípode, de observar la escena, de sentir esa luz rojiza que lo bañaba todo, me daba mucha paz. A veces ni siquiera disparaba. Me bastaba con mirar la escena a través del visor, como si estuviese viendo una película.
Fui fotografiando los objetos de una habitación: un ventilador de techo en movimiento, un cajón a medio abrir, una grieta en la pared… Me encantaba ver las sombras que la luz difusa de la farola trazaba sobre ellos. Cuando empecé a sentir la necesidad de utilizar de nuevo el autorretrato fue cuando comprendí que algo nuevo estaba pasando dentro de mí. Observé de nuevo las imágenes que estaba tomando y comprendí que estaban hablando de mí. No sólo había hecho una ruptura con el pasado a nivel intelectual, social o mental, sino que mi cuerpo también estaba cambiando. Él también estaba haciendo su propia ruptura y estaba dejando atrás su periodo fértil. Los primeros cambios de la menopausia habían hecho su aparición y yo me sentía así, como ese ventilador que gira y gira hasta marearte pero que, a su vez, provoca un aire fresco; como ese cajón a medio abrir, con tantas ideas y cosas que ofrecer; como esa grieta en la pared representando esas dos vidas que estaba llevando, la de Orihuela en la que estaba sola y dedicada a mí y mi trabajo, y la de Valencia (España), en la que era madre y ama de casa.
Era curioso. Siempre nos habían vendido que la menopausia era un período oscuro y negativo por aquello de dejar de tener la posibilidad de producir vida (como si la única función de ser mujer fuese la de tener hijos). Pero yo me sentía más viva y más fértil que nunca, creativamente hablando. Estaba muy en mí, en observar cómo me sentía, en mis cambios físicos, en lo que me apetecía hacer y lo que no, en el disfrute de mi tiempo de soledad, en sentir cómo la vida te va llevando si enfrentas los miedos y te dejas llevar. Y empecé a fotografiarme de manera más consciente, al principio tímidamente, a través de puertas traslúcidas o contraluces. Pero según fui dejándome llevar, dejándome iluminar por esa luz que entraba por las ventanas, me fui despojando de prejuicios y acabé fotografiándome desnuda y dando saltos en la cama. Era yo, no solo cuando me ponía delante de la cámara, sino cuando representaba objetos o formas con los que me identificaba. Cada imagen iba haciéndome reflexionar sobre cómo me afectaban las subidas y bajadas hormonales; cómo me iban haciendo sentir los cambios en mi cuerpo; cómo un día estaba hundida en el sofá y al otro dando saltos. La fotografía fue un elemento clave para asumir esos cambios y transitar el proceso.
Según la psicología del color, el rojo es el color de la fuerza, de la pasión, del amor. Y la luz que tenían esas imágenes era muy cálida, casi roja. Rojo sangre que, al no perderse en la menstruación, se quedaba en mí para aumentar mi fuerza. Fuerza que se reflejaba en mis imágenes, cada vez más libres, cada vez más yo.
Así surgió este proyecto, que se compone de 15 fotografías, todas realizadas en el interior de ese piso con el que me mimeticé, todas describiendo mis diferentes estados de ánimo, mi diferente sentir en cada momento. Imágenes íntimas, simbólicas, metafóricas pero cargadas de significado.
No sabía si quería dar voz a ese proyecto o dejarlo tan solo para mí, pero lo que sí sabía es que no quería dejarlo sin más en mi ordenador. Construí a mano un fotolibro igual de personal que el proyecto, con las tapas de cartón rígido sin pintar (debía reflejar naturalidad y verdad como las imágenes). Las hojas del álbum eran de papel de acuarela, que fui resquebrajando y uniendo de manera desigual formando un acordeón. Sobre ellas esparcí gotas rojas, extraídas de tratar un hueso de aguacate, y que simulaban la sangre menstrual.
El trabajo concluye con una frase que sintetiza todo esto:
“La hora bruja es la hora de lo sutil, de lo íntimo, de lo personal. Es la hora de dar luz a las sombras.”















