Entrevista a Elena Vallet

Laura Calonge

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La barcelonesa Elena Vallet ha sido una de las pioneras en utilizar la fotografía terapéutica en España. La entrevistamos para conocer un poco más a la profesional y la persona que hay detrás de su rol de docente, tutora y miembro del equipo de Foto Colectània. 

Elena, tus inicios parten de la gestión cultural y una Licenciatura en Historia del Arte, que son disciplinas académicas en las que el arte como terapia apenas tiene representación ¿Cómo empezaste a interesarte por la fotografía terapéutica? ¿Hubo algún acontecimiento que actuase de disparador?

En los años 90, incluso las asignaturas de cine, música o incluso fotografía se tocaban de manera anecdótica. Cuando era estudiante, empecé a contactar con galerías en Barcelona y decidí formarme en comisariado. Me fui a Londres para cambiar de aires, y allí seguí trabajando en el ámbito cultural y de galerías. 

Más adelante, al entrar en Foto Colectania, descubrí una nueva manera de entender la fotografía, como objeto, y empecé a notar que las exposiciones generaban emociones profundas. Al organizar una muestra y escuchar a un autor explicar su obra, veía que había algo más allá de la gestión y la ejecución del proyecto expositivo. Veía un lado vinculado a lo emocional en todo ese proceso. Fue ahí donde me empecé a preguntar qué había detrás de esas emociones. Me formé en arteterapia y, durante un taller del máster, descubrí que la fotografía podía ser una herramienta terapéutica poderosa. Ahí se cruzaron mis dos pasiones y decidí especializarme en esta línea.

¿Quiénes son tus referentes?

En fotografía terapéutica, mi gran referente es Judy Weiser, quien me proporcionó el marco teórico que todavía me acompaña. También admiro mucho a John Berger, por cómo nos enseña a mirar y a entender nuestra relación con las imágenes y el mundo.

Nos has hablado sobre tu trayectoria profesional, y nos gustaría saber cómo fue tu experiencia en tus inicios.  ¿Tuviste algún hándicap, o dificultades por el hecho de ser mujer?

Ha sido un elemento bastante importante en mi práctica en los inicios. En el ámbito del arte la mayoría de directores de galerías y personas que decidían eran hombres. Desde finales de los 90 hasta 2010, cuando dejé ese mundillo, ser mujer no me facilitó especialmente mi trabajo, se percibía un techo de cristal. 

Con el trabajo terapéutico, me permitió posicionarme de manera diferente respecto al colectivo con el que estaba trabajando: en una residencia de monjas primero, con un grupo de mujeres supervivientes de cáncer después, y en terapia domiciliaria dentro de la Fundación Palia Clinic. Primero empecé con arteterapia y la fotografía la incorporé más tarde, en 2013. En el ámbito terapéutico, ser mujer me ha permitido generar vínculos de confianza con los pacientes. Creo que mi rol femenino ha facilitado una percepción empática y cercana.

Tienes una especialización en arteterapia aplicada a programas cuidados paliativos y oncología infantil ¿Qué has aprendido del trabajo con enfermos terminales? ¿Cuáles son las lecciones de vida más importantes?

Mis acompañamientos presenciales han sido cortos, no más de 6-8 sesiones. Lo fundamental ha sido recordar por quién voy a trabajar: la persona que me abre la puerta de su casa o de su habitación del hospital… Ahí está el foco absoluto. La lección de vida es que cada día puede ser el último. Puedes plantearte ocho sesiones con una persona, pero realizas las que la vida te permite y por eso cada sesión cuenta. El nivel de atención y de conexión que intentas tener con esa persona desde el minuto uno tiene que ser total. 

¿Has podido conectar elementos comunes en estas dinámicas de final de vida?

Siempre hay algunas cosas comunes cuando tratas con personas de un mismo colectivo o problemática. Es frecuente trabajar con naturaleza y luz; son elementos recurrentes, porque nos conectan con nuestra esencia cuando hay pérdidas, duelos o la muerte está cerca. Te hace rescatar tu parte eterna, que queda fuera de la problemática que estás viviendo. También se intenta encontrar sentido a través de la creación. Entender ese momento, pasar por encima de las circunstancias y los sentimientos de frustración o ira.  

¿Nos podrías explicar algo de los procesos de acompañamiento a niños enfermos para que aflore su creatividad?

Es fundamental con estos niños ser capaz de ponerse en su lugar y cederles el poder, la capacidad de decidir qué quieren hacer o no. Ellos están acostumbrados a recibir órdenes constantes en el contexto médico y de enfermedad. Yo intento que sientan que tienen libertad para decidir. La fotografía ha sido una herramienta muy útil en este sentido, porque les permite expresarse incluso en entornos hospitalarios restringidos.

¿Qué imágenes o experiencias te han impactado más en tu trayectoria?

Recuerdo una foto que me hizo girarme hacia un escaparate cuando estaba en Londres. Era una foto de Diane Arbus de dos señoras sentadas en una cafetería, que no es especialmente intensa, pues tiene otras imágenes más espectaculares, pero dije “Uau, aquí pasa algo”.  Bartes lo llamaba punctum, para referirse a esas imágenes que te golpean, y para mí es como una ventana a la mente de quien la ha hecho. Me impactan las imágenes sencillas, sin artificio, que transmiten algo muy auténtico. 

¿Qué libro recomendarías, centrado en obra de mujeres o sobre lo femenino?

Recomiendo ‘Cuadros y retratos’ de Virginia Woolf, por sus reflexiones sorprendentes sobre el cine y la imagen. También ‘El arte de perderse’ de Rebecca Solnit, que habla del sentido de la creación. Me inspiran mucho los trabajos de Sarah Moon o Cristina de Middel, que hace proyectos loquísimos y redondos. Y Carmen Winant, que escarba en su experiencia personal sin sensacionalismo.

Por último, ¿qué consejos darías, basándote en tu experiencia, a mujeres que quieran dedicarse a la fotografía terapéutica?  

Les diría que lo hagan, ¡que no lo duden! Es un camino transformador.