Más allá del espejo: Un taller para reconectar con tu esencia 

Ilse Dantán

La insatisfacción corporal proviene de una percepción distorsionada del propio cuerpo (Pérez-Gil & Romero J, 2010), es una experiencia común para la mayoría de las mujeres, marcada por una desconexión entre la percepción que tienen de sus propios cuerpos y las imágenes idealizadas promovidas por los medios de comunicación. Estas representaciones sociales construyen un estándar de belleza que, lejos de reflejar la diversidad y complejidad del cuerpo humano, impone un modelo rígido y muchas veces inalcanzable de lo que es “bonito” o “perfecto”. Este contraste entre la realidad y los ideales genera inseguridad, vergüenza y una constante sensación de insatisfacción que puede desencadenar serias consecuencias para la salud física, mental y emocional. Entre ellas, los trastornos de conducta alimentaria, como la anorexia y la bulimia, la depresión, ansiedad y baja autoestima. Además, estas dificultades repercuten en las relaciones sociales, aumentando el malestar y el aislamiento psicológico. 

Frente a esta realidad, el presente proyecto fotográfico busca desafiar las representaciones hegemónicas de la belleza, proponiendo una reconfiguración consciente sobre la percepción corporal propia. A través del poder narrativo y expresivo de la fotografía, se pone en valor la complejidad, vulnerabilidad y fuerza que habitan en cada cuerpo humano. La fotografía se convierte en una herramienta transformadora capaz de cuestionar y romper los cánones restrictivos de belleza y los estereotipos de género, abriendo caminos hacia una visión más inclusiva, auténtica y liberadora. 

Muchas veces vi mi cuerpo y me sentí ajena, como si no perteneciera a ese envase de carne y hueso que me acompañaba a todos lados. Me paraba frente al espejo, miraba cada rincón de mi figura y sentía que algo no encajaba. El reflejo que veía no era el mío, o al menos no era el que yo quería ver. Mi atención siempre se centraba en esos pequeños detalles: la cadera, el abdomen, los brazos, las piernas. Todo me parecía demasiado grande, demasiado sobrante. Me convencía por completo de que las demás personas, al igual que yo, lo notaban, que mi cuerpo era algo que incomodaba a quienes me rodeaban. Pensaba que esa «imperfección» era lo primero que todo el mundo veía al mirarme, lo que más destacaba de mí, mucho antes que mi sonrisa, mi forma de hablar o mis gestos. Durante años viví con esa sensación, con la certeza de que algo estaba mal conmigo, que mi cuerpo no era lo que debía ser. Ahora comprendo que esa obsesión y esa constante crítica, estaba vinculada a lo que hoy reconozco como dismorfia corporal, un trastorno mental caracterizado por una obsesión con los defectos percibidos en la apariencia física (Chu et al., 2024), un trastorno que me acompañó durante gran parte de mi adolescencia y juventud, y que de alguna manera, me aisló del mundo, de los demás y, sobre todo, de mí misma. 

La presión interna por ajustarme al estándar de belleza que la sociedad establecía como el “indicado”, junto con el ejercicio constante y las dietas restrictivas, me llevaron a extremos insostenibles. Bajé de peso, mucho más de lo necesario, estaba rayando los límites del riesgo. Aunque, tengo que admitir, que en esos momentos, sentí que había alcanzado mi objetivo, que finalmente estaba logrando lo que tanto deseaba. Pero, a pesar de esa sensación momentánea de éxito, algo más comenzó a pasar: la ansiedad, el estrés y el agotamiento me llegaron como el balde de agua fría que te regresa a la realidad. Sometí a mi cuerpo a un régimen tan riguroso que comenzó a enfermarse. Sentí cómo el desgaste físico y emocional se manifestaba en señales que no podía ignorar. La enfermedad apareció como consecuencia de negar partes de mí misma, de esconder miedos y vulnerabilidades profundas. Ser consciente de esto, me hizo entender que debía detenerme de manera urgente para prestar atención a lo que estaba reprimiendo y a la necesidad de reconciliarme conmigo misma. El cuerpo que tan duramente había moldeado comenzó a enviar señales de alerta, y eso fue lo que me hizo cuestionar todo lo que había hecho hasta entonces. 

En medio de este proceso de búsqueda y sanación, la fotografía se convirtió en un refugio y una herramienta vital. Soy fotógrafa, y a lo largo de mi carrera he explorado diversas formas de mirar y capturar el cuerpo humano. Sin embargo, fue a través del autorretrato donde encontré un espacio íntimo y profundo para conectar conmigo misma. Mirarme a través de la cámara, me permitió transformar la relación con mi propio cuerpo y abrir un diálogo sincero con mi imagen. Comencé a comprender que mi cuerpo era mucho más que una simple apariencia superficial. En mis autorretratos, descubrí que el cuerpo es el espacio que habito, mi único hogar, el vehículo inseparable que me acompaña a donde quiera que vaya. Este acto de mirarme con intención, sin intermediarios ni juicios ajenos, me permitió conectar con mi cuerpo desde un lugar más honesto. 

Al hacerme autorretratos, aprendí a ver mis imperfecciones no como fallas, sino como partes vivas y auténticas de mi historia. Poco a poco, la relación con mi cuerpo se transformó: dejó de ser una batalla constante impulsada por estándares imposibles y se convirtió en un proceso de aceptación, cuidado y entendimiento. Cada imagen capturada fue un ejercicio de respeto, una forma de darle a mi cuerpo lo que necesitaba, de honrar su fuerza y vulnerabilidad, sin exigencias innecesarias ni juicios destructivos. Así, la fotografía no sólo documentó mi imagen física, sino que se convirtió en una herramienta sanadora que me ayudó a reconciliarme conmigo misma y a habitar mi cuerpo desde el amor y la conciencia. 

Este cambio en la relación con mi cuerpo, también transformó la forma en que veía mi trabajo como fotógrafa. Durante mis 15 años de experiencia, pude comprender que no era la única con una relación conflictiva con su cuerpo. En las diferentes sesiones fotográficas que he realizado, tuve la oportunidad de trabajar con muchas mujeres maravillosas que compartían una característica común: las críticas hacia su propio cuerpo son brutales. Frecuentemente escucho frases como “Una donde no se me vea la panza”, “No me pongas en esa pose, me veo horrible” o “Esa no, me veo asquerosa”. Estas mujeres no solo se veían a través de una lente, sino que sus propias palabras hablaban de una gran desconexión con sus cuerpos. Las vi intentar esconderse, camuflarse, evitar que cualquier imperfección fuera capturada. Y, al igual que yo, en su momento, creían que esa imagen imperfecta era lo primero que los demás verían, cuando en realidad, no era más que una percepción distorsionada de la realidad. 

​​​Fue entonces cuando entendí que debía hacer algo al respecto. Mi propia historia, marcada por una relación compleja con mi cuerpo, me impulsó a buscar una forma de transformar esa vivencia en algo valioso para otras. Quería contribuir a que más mujeres dejaran de sentirse ajenas a sus cuerpos, como yo me había sentido durante tantos años, y que pudieran reconfigurar su relación con ellos desde un lugar más amoroso y consciente. Así, a través del acompañamiento de la maestría en arte de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, decidí crear un espacio para ellas: un espacio donde pudieran reconectarse con su esencia, donde pudieran ver su belleza desde una perspectiva distinta. De esa idea nació el taller “Encarna a tu diosa”, donde, a través de la fotografía, la reflexión y prácticas creativas, el taller buscó que cada participante descubriera y encarnara la fuerza, la sabiduría y la belleza única que habita en su interior, superando los estereotipos sociales y fortaleciendo su autoestima y aceptación personal. Cabe destacar, que el nombre del taller fue cuidadosamente elegido con la intención de transmitir un mensaje poderoso: cada mujer tiene una diosa que habita en su interior, y que basta reconocerse y aceptarse a sí mismas para lograr encarnarla. 

Este proyecto fue un paso importante para mí, porque, desde mi propia vulnerabilidad, le di estructura a un proceso que yo atravesé de manera intuitiva y logré externar una problemática que me acompañó durante muchos años. Creé este taller con la intención de explorar y reflexionar, a través de la fotografía, diferentes temáticas, no sólo nos enfocamos en aspectos físicos, sino en aspectos emocionales, exploramos sus pensamientos, valores, creencias, motivaciones y comportamientos. Tuvo lugar en las instalaciones de Sinalefa, un refugio cultural asentado en el corazón de Aguascalientes, México, que acoge eventos culturales que celebran la creatividad y la reflexión. El espacio brindó un ambiente propicio para la introspección y la expresión, donde cada rincón invitó a las participantes a reconectar con su esencia y a comenzar reescribir la relación con su cuerpo. Participaron cinco mujeres de entre 25 y 45 años, provenientes de distintos contextos personales y profesionales, pero unidas por un mismo deseo: reconectar con su cuerpo desde un lugar más compasivo. El proceso se desarrolló durante tres semanas, con encuentros presenciales una vez por semana. Cada sesión tuvo una duración de cinco horas, y estuvo estructurada para abordar distintos aspectos que impactan la forma en que nos vemos a nosotras mismas. Teorizamos, analizamos y discutimos conceptos como la autoimagen, la estética, la belleza, los estereotipos, la influencia de la sociedad y el lenguaje visual. 

Las actividades, estuvieron orientadas a que cada participante pudiera reencontrarse consigo misma, con su propio cuerpo y con su identidad. Un componente fundamental de este proceso fue acompañar las sesiones ​​con un diario personal, donde las participantes podían escribir sus pensamientos, reflexiones y sentimientos. Este diario funcionaba como un espejo íntimo, una herramienta para observarse sin juicio. Cada sesión incluía preguntas detonadoras, como “¿Quién soy?”, “¿Qué concepto tengo de mí misma?”, “¿Cómo me veo?”, “¿Qué es la belleza?”, “¿Cuánto conozco mi cuerpo?”, etc., que las invitaban a profundizar en su autoimagen, a cuestionar las creencias heredadas y a registrar cómo iban transformando su relación con el cuerpo. También realizaban ejercicios de escritura libre, listas emocionales, pequeños relatos autobiográficos y registros visuales que complementaban la parte fotográfica del taller. El diario se convirtió en un espacio seguro donde podían nombrar lo que a veces era difícil decir en voz alta, y fue clave para que el proceso de resignificación ocurriera de forma honesta y sostenida.  

Algo importante, durante estas sesiones, fueron las prácticas de autorretrato, que se convirtieron en un puente entre el cuerpo y la emoción. Estas prácticas están enlazadas directamente con los principios de la arteterapia, que se basa en el uso del arte como medio principal de comunicación, indagación y transformación emocional, acompañando el trabajo personal de las participantes, en un recorrido simbólico, sostenido en todo momento por el acompañamiento del facilitador (Arbués & Domínguez, 2014, p. 11). Cuando se integra la fotografía dentro de este marco, surge la fotografía terapéutica: una práctica que utiliza el acto fotográfico como vehículo para la autoexploración y la expresión emocional.  

Existen diversos proyectos y experiencias donde la fotografía ha sido aplicada como recurso terapéutico, como el proyecto Mirada Interior, un taller de fotografía impartido entre 2009 y 2015 en el Centro Penitenciario de Algeciras por Alicia Conde de Vega (2018). En este espacio, las mujeres privadas de la libertad pudieron explorar su identidad, reconstruir su autoestima y reflexionar sobre su experiencia de vida a través del acto fotográfico. La fotografía se convirtió en un medio de liberación simbólica, un lugar donde encontrarse consigo mismas y con otras, propiciando procesos de transformación, expresión y aprendizaje con sentido. 

La fotografía, por su naturaleza, permite expresar contenidos provenientes del subconsciente. No obstante, como advierte Weiser (2010, p. 7), el valor de estas imágenes no reside en su composición estética o calidad técnica, sino en su capacidad para documentar y reflejar el mundo interior y exterior de las personas que participan en el proceso. En este sentido, la fotografía terapéutica no busca la perfección formal, sino la autenticidad de la mirada y la posibilidad de construir nuevas narrativas visuales desde la subjetividad. 

Por lo que, en los autorretratos, cada participante lo exploró como una herramienta para expresar emociones, enfrentarse a las partes de su cuerpo que normalmente evitaban e interpretar sus propios conceptos de belleza y fealdad. Una de las dinámicas consistía en hacerse una serie de imágenes en las que pudieran expresar cinco emociones diferentes: la felicidad, tristeza, enojo, sorpresa y disgusto, la única condición era que hicieran un solo intento fotográfico, con la intención de que fuera lo más auténtico posible. El objetivo de esta actividad fue invitar a las participantes a conectar con esas emociones, permitiendo que surgieran, habitarlas en el cuerpo y luego traducirlas en imagen. 

Luego, en el diario personal, trabajamos con ejercicios de introspección: con preguntas como “¿Qué momentos de mi vida me han hecho sentir esta emoción?” “¿Cómo se manifiesta en mi cuerpo?” “¿Dónde la siento?”, buscando legitimar su mundo emocional. Finalmente, tuvimos un espacio de reflexión colectiva, en el que todas vimos cada una de las cinco series fotográficas y empezamos a dialogar sobre ellas. El resultado fue poderoso. En cada imagen emergió algo más que una emoción aislada: aparecieron historias, heridas, gestos heredados, pequeñas revelaciones. Algunas mujeres se encontraron con una fuerza que siempre habían reprimido; otras redescubrieron la ternura de su tristeza o la incomodidad de mostrarse vulnerables ante la cámara. En el caso de Andrea, al analizar su serie fotográfica, se dio cuenta que sus lentes de graduación actuaban como una especie de escudo y cuando trataba de ocultar cosas sobre ella misma, los usaba. 

También incluí herramientas plásticas, como el collage. En esta actividad, las participantes fotografiaron diferentes partes de su cuerpo de forma fragmentada: manos, espalda, abdomen, rostro, pies, etc. Imprimieron esas imágenes, y con ellas construyeron una nueva versión de sí mismas, recortando, reacomodando y eligiendo cómo querían representarse. Algunas eligieron superponer texturas, palabras o colores sobre zonas que antes rechazaban; otras decidieron dejar visibles las cicatrices o resaltar pliegues que antes intentaban ocultar. El collage se convirtió en una metáfora visual del proceso interno: armarse desde los pedazos, con libertad, con intención, y sobre todo, con amor. Con el collage, entendieron que todas esas partes, las hacen únicas. 

Aunado a esto, también exploramos las bases del lenguaje visual, con la intención de darles las herramientas necesarias para que pudieran continuar desarrollando este proceso de autoconocimiento incluso después de haber concluido el taller. Les proporcioné los conocimientos básicos para que pudieran observar su mundo, sus cuerpos y sus experiencias desde una perspectiva diferente, más consciente y reflexiva.  

El lenguaje visual es una herramienta poderosa para comunicar pensamientos, emociones y percepciones que a menudo resultan difíciles de expresar con palabras. A través de las imágenes, se puede revelar lo invisible, lo no dicho, lo simbólico. En este sentido, la fotografía, como plantea Susan Sontag (1977), no sólo capta lo evidente, sino que construye sentido a partir de lo íntimo, dando forma visual a emociones, recuerdos y percepciones. Observar una imagen —especialmente cuando esa imagen es una representación de una misma— se convierte en un ejercicio de escucha interna, una forma de atención y reconocimiento emocional. Durante el taller, las participantes aprendieron a mirar más allá de la técnica: no solo observaban el encuadre, la iluminación o la composición, sino que comenzaron a descubrir el valor simbólico y emocional contenido en cada fotografía. Reconocieron que cada gesto, cada parte del cuerpo retratada, cada sombra, portaba una historia. Así, la imagen se transformó en un espacio de interpretación y autoconocimiento, donde el lenguaje visual sirvió como puente entre su mundo interior y la forma en que lo representan. 

Por ello, la fotografía trasciende su función como representación visual para convertirse en una vía de exploración interna, una herramienta que permite al sujeto que la realiza indagar en su mundo emocional, psicológico y simbólico (Caldas, 2021). Lejos de ser neutral, cada imagen fotográfica está impregnada de la subjetividad de quien la crea, manifestada en cada decisión tomada durante el proceso: desde el encuadre y el ángulo, hasta la luz, el momento capturado y lo que se elige mostrar u ocultar. Estas elecciones no son azarosas, sino que están influenciadas por el contexto social, cultural, político y emocional del autor. Así, la fotografía puede entenderse como una forma de proyección del yo, una manifestación visual de la identidad y del universo interno del fotógrafo (Galimany, 2014). En este sentido, toda imagen fotográfica es, de alguna manera, un autorretrato —incluso cuando el cuerpo de quien fotografía no aparece directamente en la escena. 

Así mismo, aprendieron a observar no solo las imágenes que crean, sino también las que consumen en su vida cotidiana, entendiendo que ambas tienen un impacto importante en la forma en que nos vemos a nosotras mismas y en cómo nos relacionamos con el mundo. Este proceso les permitió desarrollar una mirada crítica hacia los estereotipos impuestos por los medios de comunicación y la sociedad, cuestionando las representaciones distorsionadas de belleza y perfección que a menudo se nos presentan como ideales. A lo largo del taller, exploraron cómo estos estándares, que muchas veces están fuera de nuestro control, pueden influir negativamente en la autoestima y en la relación que tenemos con nuestros cuerpos. 

Sin embargo, también descubrieron el poder de utilizar la fotografía como una herramienta liberadora. A través de ella, pudieron tomar distancia de las miradas externas y observarse desde una perspectiva íntima. La cámara dejó de ser un dispositivo que las objetivaba —como tantas veces sucede en los medios— para convertirse en un puente hacia ellas mismas. En ese acto de verse, de encuadrarse, de decidir cómo mostrarse, hubo una recuperación del control sobre su propia imagen. El poder radicó no solo en lo que se veía, sino en quién decidía cómo mirar. La fotografía les permitió reapropiarse de su cuerpo y de su historia, creando representaciones que no buscaban complacer, sino reflejar. Así, lo que antes se percibía como defecto se resignificó como huella, expresión e identidad. Y en ese proceso, la imagen dejó de ser un juicio para volverse un acto de libertad. 

La cámara no solo se convirtió en un medio para documentar, sino en un espacio para la autodefinición, para mostrar sus cuerpos tal como son, sin ediciones ni filtros, celebrando su autenticidad. Aprendieron a usar las imágenes como una forma de empoderamiento, creando representaciones visuales que desafiaban las expectativas sociales. Al hacerse cargo de su propia mirada, pudieron romper con las narrativas impuestas sobre lo que “debería” ser un cuerpo femenino. Cada fotografía se volvió una declaración personal, una forma de decir: “esto soy, y así elijo mostrarme”. Más que buscar la aprobación externa, construyeron un lenguaje visual que hablaba de fuerza, vulnerabilidad y autenticidad. De esta manera, el proceso de autoconocimiento no terminó con el taller, sino que la puerta estaba abierta a convertirse en una práctica continua: una manera de habitar el cuerpo con más consciencia, de observarse con más ternura y de narrarse desde el respeto.  

Fue impresionante ver el proceso que vivieron durante ese tiempo. A medida que avanzaban las sesiones, sus miradas cambiaban: lo que al inicio era incomodidad frente a la cámara, se transformó en curiosidad, apertura y finalmente, en orgullo. Hubo dos participantes que nos compartieron, durante los momentos de reflexión colectiva, que era la primera vez que se veían sin filtros, de igual manera, todas ellas compartieron que, por primera vez, se vieron sin emitir juicios sobre sí mismas. El taller de fotografía no solo les permitió registrar sus cuerpos, sino también reescribir la forma en que los habitaban. Las imágenes se convirtieron en evidencia de su transformación interna: no era solo lo que se veía, sino cómo se sentían al mirarse. 

Para mí, como fotógrafa y como mujer que también ha transitado por una relación compleja con su cuerpo, el impacto fue igual de profundo. Acompañarlas en este proceso fue conmovedor y revelador. Me enfrenté a mis propios prejuicios, a mis viejas heridas, y encontré en cada historia un espejo que me devolvía preguntas y también respuestas. El taller no fue solo una experiencia de guía, sino también de aprendizaje. Me recordó que sanar no es un acto individual, sino una red de miradas, de palabras compartidas, de valentías pequeñas que se sostienen entre todas y hacerlo en colectivo, con otras mujeres, le suma fuerza y poder. 

También reconocieron que esas percepciones no les pertenecían, sino que eran el resultado de una sociedad que constantemente impone estándares de belleza poco realistas. Comprendieron que muchas de sus inseguridades no nacían en su interior, sino que habían sido sembradas por años de exposición a discursos estéticos que reducen el valor de una mujer a su apariencia física, a su talla, a su juventud o a su “simetría”. Al identificar estos mensajes como construcciones sociales y no como verdades personales, comenzaron a desmontar los juicios que cargaban. Fue un primer paso para mirar su cuerpo sin repetir la voz del sistema y empezar a narrarse desde su propia experiencia. 

Como señala Susan Bordo (1993), el cuerpo femenino ha sido históricamente disciplinado y moldeado a través de los discursos culturales y mediáticos que dictan cómo debe verse, sentirse y presentarse una mujer. Comprender esta dimensión política del cuerpo les permitió a las participantes situar su experiencia en un marco colectivo: no estaban solas en su malestar, y mucho menos eran responsables por él. Esa conciencia fue uno de los cambios más significativos, porque no solo fue la semilla para transformar su relación con el espejo, sino también con el entorno. 

Los resultados de este taller fueron reveladores para mi práctica fotográfica, pude entender que la relación entre el cuerpo, la identidad y nuestra concepción visual como mujeres, está influenciado totalmente por la sociedad, que somos muchas las que tenemos luchas internas entre seguir nuestra voz y la voz que nos han enseñado y que es muy complicado desaprender lo aprendido, pero también entendí que basta cuestionar un concepto para comenzar con ese proceso de transformación. Porque más allá de la fotografía, lo que se activó en el taller fue un espacio de conciencia: una posibilidad de mirar(se) desde otro lugar, de hacer pausas para sentir, de reconstruir vínculos consigo mismas. La imagen fue el medio para despertar las nuevas formas de habitar el cuerpo, de narrar la identidad, de sanar heridas invisibles. El proceso fue tan visual como emocional, tan simbólico como encarnado. En cada mirada compartida, en cada palabra escrita en los diarios, en cada silencio respetado, se tejió algo profundo.. 

Leer y escuchar comentarios como “Me llevo el aprendizaje de no ser tan dura con mi imagen; mi ser, el concepto que tengo de mí. Soy una persona perfectible sí, pero también en mis ‘imperfecciones’ hay cosas bellas y positivas”, o “Ya no siento la necesidad de juzgarme cada vez que me veo al espejo o en una foto.” me confirma que mi trabajo va más allá de ser solo fotógrafa. En este proyecto, me posicioné como una habilitadora y acompañante, una guía que facilitó el encuentro entre la imagen y el ser, entre la mirada externa y el diálogo interno. Entendí que mi rol no es solo capturar momentos, sino crear un espacio seguro donde las mujeres puedan explorar, expresar y resignificar la relación con su cuerpo. Desde esta doble función, la fotografía se convierte en una herramienta transformadora, un puente entre el arte y el autoconocimiento. 

Hoy, después de haber vivido estas experiencias y haber acompañado a estas mujeres en este proceso de transformación, puedo decir que, más allá del aspecto físico, lo que realmente importa es la conexión que tenemos con nosotras mismas. El cuerpo no es solo una superficie que se ve, es el lugar donde habita nuestra esencia y, sobre todo, es el resultado de la aceptación de nosotras mismas. Aprender a vivir en armonía con él, a cuidarlo, a respetarlo y a amarlo es el primer paso hacia una vida más plena y consciente. Lo que yo viví, lo que compartí con las participantes de mi taller, es una invitación para todas las mujeres a dejar de lado las imposiciones externas y a empezar a construir una relación más saludable y amorosa con su propio cuerpo, sin importar los estándares de belleza que nos impongan. Al final, la verdadera belleza está en la autenticidad, en ser quienes somos realmente, sin filtros, sin miedos y sin limitaciones. 

Al finalizar este proceso, me quedó claro que el taller Encarna a tu diosa fue un viaje colectivo que permitió a cada participante despojarse de cargas sociales y emocionales, para reapropiarse de su cuerpo y de su historia desde una mirada más amorosa y consciente. Esta experiencia evidenció la importancia de crear espacios seguros donde el arte y la palabra se entrelacen para generar cambios reales y sostenibles en la relación que tenemos con nosotras mismas. 

Este primer taller fue una experiencia enriquecedora y ha marcado el inicio de un camino que quiero seguir explorando, creando espacios donde más mujeres puedan descubrirse y abrazar su propia luz. A lo largo del proceso, el grupo logró generar una comunidad de apoyo y confianza, donde la vulnerabilidad fue bienvenida y el juicio quedó fuera. Las participantes expresaron que el taller les ayudó a comprender que el cuerpo es un espacio de vida y memoria, no un objeto a moldear o esconder. Reconocieron que la verdadera transformación empezó al aceptar sus emociones y cicatrices como parte de su historia y fuerza personal. Desde una mirada colectiva, se evidenció que resignificar la imagen corporal no es solo un proceso individual, sino un acto de resistencia frente a una sociedad que aún presiona con ideales restrictivos. 

En lo personal, esta experiencia me reafirmó que el arte, combinado con el acompañamiento consciente, puede ser un camino poderoso hacia la sanación y el empoderamiento. Cada mujer que atravesó este proceso dejó en mí una huella imborrable, y juntas abrimos la puerta a nuevas formas de relacionarnos con nuestro cuerpo y nuestra identidad, basadas en la aceptación, el respeto y el amor propio, haciéndolo en torno a la fotografía, pues esta poderosa herramienta es la única capaz de devolvernos la visión que tenemos de nosotras mismas desde nuestro yo más profundo. 

Semblanza: 

Ilse es una apasionada de la comunicación y el marketing digital, es egresada de la IC, Comunicación e Información por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, tiene una Maestría en Marketing Digital y actualmente cursa la Maestría en Arte de la UAA, donde actualmente realiza su proyecto «La fotografía como herramienta de resignificación corporal», un proyecto dirigido a mujeres. 

Ha trabajado en empresas privadas e instituciones gubernamentales en el área de la comunicación, también ha sido docente de la UAA  e instructora del CIDE. 

Se considera una profesional versátil y en constante evolución, siempre buscando innovar en todas las áreas en las que se desempeña. 

Referencias bibliográficas 

Arbués A. & Domínguez P. Arteterapia y Creatividad: Implicaciones prácticas. Desde lo desconocido que somos, hasta lo desconocido que creamos. Asociación Andaluza de Arteterapia (ASANART) 

Bordo, S. (1993). Unbearable weight: Feminism, Western culture, and the body. University of California Press. 

Caldas, M. (2021). La fotografía como medio de autodescubrimiento: una mirada a nuestro mundo interior. TRADICIÓN, Revista de la Universidad Ricardo Palma, 2(1), pp. 164-173. https://revistas.urp.edu.pe/index.php/Tradicion/article/view/6386/9968 

Conde de Vega, A. (2018). «Mirada Interior» La fotografía como herramienta de transformación social con mujeres del Centro Penitenciario de Algeciras. Arteterapia, 13, 53–67. https://doi-org.dibpxy.uaa.mx/10.5209/ARTE.60161 

Galimany, J. (2014). Imagen fotográfica y aparato psíquico: La posibilidad del uso de fotografía como herramienta psíquica [Tesis para optar al Grado de Magíster en Psicología Clínica de Adultos, Universidad de Chile]. https://repositorio.uchile.cl/bitstream/handle/2250/135466/Tesis%20Completa%20J%20Galimany.pdf;sequence=1 

Pérez-Gil R, Sara Elena, & Romero J, Gabriela. (2010). Imagen corporal en mujeres de tres zonas rurales de México: percepción y deseo. Salud Pública de México, 52(2), 111-118. Recuperado en 28 de agosto de 2024, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0036-36342010000200002&lng=es&tlng=es. 

Sontag, S. (1977). On photography. Farrar, Straus and Giroux. https://sites.evergreen.edu/politicalshakespeares/wp-content/uploads/sites/156/2016/01/Sontag_On_Photography.pdf 

Weiser, J. (2010) Foto personali e foto di famiglia como strumento per la terapia. Il “Come, cosa e perché” delle tecniche di foto terapia. (2010). PsicoArt n.1.